Todo comenzó con el rugido de siete motos alineadas bajo el sol de la mañana, listas para devorar kilómetros de aventura. Éramos seis tipos y una mujer: Ruby. Su moto amarilla no pasaba desapercibida, y tampoco su progreso en manejo. Ahora la conocemos como “Ruby Reloaded o Rubí 2.0” más ágil, decidida, y con una sonrisa desafiante, nos dejó atrás en la primera curva, la gloria duro poco, ya en el próximo minuto que casi todos la habían rebasado.
La ruta serpenteaba entre montañas y precipicios, regalándonos postales que hacían olvidar el cansancio que en algunos provocaba que las piernas no respondieran y a otros la espalda les recordaba la edad. Al llegar a un mirador sobre un cañón de película, decidimos lanzar el dron. Subió elegante, grabó unos segundos gloriosos… y luego, como si se aburriera, se dejó caer directo al río. Suicidio inesperado que dejo a todos desconcertados. Algunos bajamos como chivos salvajes intentando rescatarlo, pero solo alcanzamos a ver cómo se hundía entre remolinos de gélida agua. Un chapuzón al rio sin éxito ni gloria, el resultado final “Río 1-Bikers 0”.
Después vino una escalada improvisada. Vimos una cima y alguien dijo “¿y hay que subirlo….?” Así que claro, como niños con tiempo libre y pocas neuronas, trepamos. Desde arriba, todo parecía pequeño… excepto Alex; pero no se equivoquen, no hablamos de las dimensiones físicas, Él nos ganó la cima y con un gesto ya conocido por todos en el bajo mundo byker como la “La foto Guía”, inmortalizo la hazaña de llegar antes. Al fecha todos nos preguntamos como hace para caminar tan rápido si el físico grita otra cosa…… un enigma de moteros sin resolver a la fecha.
Más adelante, nos topamos con un puente colgante que parecía colgado por obra y gracia de un milagro. Cables tensos, alambres chirriantes, y un abismo que se tragaba las bromas. Todos pasaron pensando en su última cena y recordando uno que otra santo conocido. Otros, nos debatíamos entre caminar, rezar, hacer testamento y hasta hubo quien que perdió el glamour de tiktokero a medio puente.
El regreso fue una fiesta de curvas, risas, y una que otra caída sin consecuencias. Llegamos sucios, felices, y con el corazón latiendo a ritmo de motor y pidiendo diclofenaco intravenoso.
Hay viajes que se cuentan… y otros, como este, que se viven a toda velocidad y se quedan tatuados en la retina de las memorias.




Unos me decian «déjalo no vale la pena» lo mas prudente; otros «mañana volveremos con una escalera» y cada quien lo vería diferente, para algunos: peligroso, complicado, para otros: emocionante y divertido.
El viaje comenzó a tener una misión inesperada: el rescate del dron, esto nos mostraría en pocas horas lo que éramos capaces de lograr en un equipo formado al azar ese fin de semana. Una mixtura de personalidades y habilidades pero con un mismo denominador éramos amigos moteros aventureros.